Rojo y blanco
Rojo y blanco Si la señora de Chasteller hubiese estado en su ventana, Leuwen habría encontrado adorable aquella falta de preocupación. El hecho era que casi todas las señoras de la ciudad ocupaban las ventanas de la calle de la Pompe y de la siguiente, que el regimiento tenía que recorrer para salir de la ciudad.
El séptimo escuadrón, en el cual marchaba Leuwen, precedía inmediatamente a una media batería de artillería, con las mechas encendidas. Las ruedas de las piezas y de los armones hacían temblar las casas de madera de Nancy y causaban a aquellas damas un terror mezclado de placer. Leuwen saludó a las señoras d’Hoquincourt, de Puylaurens, de Serpierre y de Marcilly.
«Me gustaría saber —pensó Leuwen—, a quiénes odian ellas más, si a Luis-Felipe o a los obreros… ¡La señora de Chasteller no ha querido participar de la curiosidad de todas estas damas y darme esta pequeña muestra de interés! Aquí estoy yendo a dar estocadas a los obreros tejedores, como dice elegantemente el señor de Vassigny. Si el asunto se pone serio, el coronel será nombrado comendador de la Legión de Honor, y en cambio yo habré ganado unos buenos remordimientos».