Rojo y blanco
Rojo y blanco El 27.º de lanceros empleó seis horas en recorrer las ocho leguas que separaban Nancy de N…, pues el regimiento tenía que acortar el paso para poder ser seguido por la media batería de artillería. El coronel Malher recibió durante el trayecto tres correos, y a la llegada de cada uno de ellos ordenó cambiar los caballos que arrastraban las piezas de artillería, haciendo desmontar a los lanceros cuyos caballos parecían más adecuados para tirar de los cañones.
A mitad de camino, el señor Fléron, el prefecto, alcanzó al regimiento al trote largo, adelantándose hasta la cabeza, para hablar con el coronel, y fue recibido con denuestos por los lanceros. Llevaba un sable que su exigua estatura hacía parecer inmenso. El sordo murmullo se trocó en carcajadas cuando intentó evitarlo poniendo su caballo al galope. Las risas redoblaron y fueron acompañadas de estos gritos ordinarios: «¡Va a caer! ¡No caerá!».
Pero el prefecto tuvo bien pronto su revancha. Apenas entrados en las estrechas y sucias calles de N…, los lanceros fueron recibidos con denuestos por las mujeres y los hijos de los obreros, colocadas en las ventanas de las misérrimas casas y por los propios obreros, que de vez en cuando asomaban la cabeza por las esquinas de las calles más estrechas. Se oía el ruido que hacían las puertas de las tiendas al cerrarse rápidamente por todas partes.