Rojo y blanco

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Finalmente, el regimiento desembocó en la ancha calle comercial de la localidad; todas las tiendas estaban cerradas y ni una sola cabeza se veía en las ventanas; reinaba un silencio de muerte. Llegaron hasta una plaza irregular bastante larga, en la cual crecían cinco o seis morales, y que se hallaba atravesada en toda su longitud por un arroyo infecto cargado, con todas las inmundicias de la población; su agua era azul, porque el arroyo servía también de desagüe a varios talleres de tintes.

El coronel formó su regimiento en orden de batalla a lo largo de aquel arroyo. Allí, los desventurados lanceros, sedientos y cansados, estuvieron expuestos al ardiente sol del mes de agosto, sin beber y sin comer. Como ya hemos dicho, a la llegada del regimiento se habían cerrado todas las tiendas, y las tabernas antes que los otros establecimientos.

—¡Estamos frescos! —gritaba un lancero.

—¡Por lo menos sentimos un buen perfume! —respondía otra voz.

—¡Silencio! —ordenaba algún teniente del justo medio.

Leuwen observó que todos los oficiales que se respetaban guardaban un profundo silencio y tenían aspecto muy serio.

«Héteme aquí delante del enemigo», pensó Luciano.


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