Rojo y blanco

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Se observaba a sí mismo y encontrábase tranquilo, como en un experimento de química en la Escuela Politécnica. Este sentimiento egoísta disminuía en mucho su horror por aquella clase de servicio.

Aquel teniente alto, picado de viruelas, del cual el teniente coronel Filloteau le había hablado, se dirigió a él y le habló maldiciendo de los obreros. Leuwen no contestó ni una sola palabra y le miró con un desprecio inexpresable. Cuando el teniente se alejaba, cuatro o cinco voces pronunciaron lo suficientemente alto para ser oídas las palabras: «¡Espía! ¡Espía!».

Los hombres sufrían horriblemente y dos o tres de ellos ya se habían visto obligados a desmontar. Mandaron algunos lanceros a la fuente y en el cuenco, que era inmenso, encontraron tres o cuatro cadáveres de gatos, muertos recientemente, y que habían enrojecido el agua con su sangre. El hilillo de agua tibia que caía del «triunfo» era muy exiguo; fueron necesarios varios minutos para poder llenar una botella, y el regimiento tenía trescientos ochenta hombres sobre las armas.

El prefecto había mandado llamar al alcalde y recorría la plaza buscando, se decía en las filas, un lugar donde comprar vino.

«Si se lo vendo a usted —respondían los propietarios—, mi establecimiento será saqueado y destruido».


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