Rojo y blanco
Rojo y blanco El regimiento empezaba a ser saludado cada media hora con un redoble de imprecaciones.
En el momento en que el teniente espía se alejaba de él, Leuwen había tenido la idea de mandar a sus criados a dos leguas de allí, a un pueblecito que debía estar tranquilo, ya que no había en él ni fábricas ni obreros. Aquellos criados tenían el encargo de comprar al precio que fuera un centenar de panes y tres o cuatro pacas de forraje. Los criados tuvieron éxito, y hacia las cuatro, se les vio regresar con cuatro caballos cargados de pan y otros dos con avena. Al instante se hizo un profundo silencio. Los campesinos fueron a hablar con Leuwen, el cual les pagó espléndidamente y tuvo el placer de hacer una pequeña distribución de pan entre los soldados de su escuadrón.
«He aquí a un republicano que sabe hacer las cosas —dijeron varios oficiales». Filloteau también se le acercó, con mucha sencillez, para pedirle dos o tres panes y avena para sus caballos.
—Lo que me preocupa son los caballos —dijo espiritualmente el teniente coronel al pasar por delante de sus hombres.
Un instante después, Leuwen oyó al prefecto que decía al coronel:
—¡Qué! ¿No podríamos darles a estos truhanes algunos sablazos?