Rojo y blanco
Rojo y blanco —¿Pero está usted bien seguro de todo esto, mi querido general? El señor ministro del Interior me ha enseñado una docena de cartas del señor Fléron, en las cuales se presenta como en vÃsperas de realizar una completa reconciliación con el partido legitimista. El señor G…, el prefecto de N…, en casa del cual cené anteayer, está en bastantes buenas relaciones con las gentes de esta opinión, y esto yo lo he visto.
—Pardiez que lo creo perfectamente; es un hombre hábil, un excelente prefecto, amigo de los más hábiles ladrones, y él mismo roba, sin que pueda ser detenido, veinte o treinta mil francos anuales, y esto, en su departamento, le hace ser muy respetado. Pero yo puedo ser dudoso en cuanto a lo que le estoy informando sobre mi prefecto; permÃtame usted que haga entrar al capitán B… ¿Sabe usted? Debe estar en la antecámara.
—¿Se trata, si no estoy equivocado, del observador enviado al 107.º, para que informe del espÃritu de la guarnición?
—Exactamente; hace sólo tres meses que está aquÃ; y para no quemarle en su regimiento, no le recibo nunca de dÃa.
Entró el capitán B… Al verle entrar, el barón Thérance se empeñó en pasar a otra habitación; el capitán confirmó, con veinte sucesos particulares, las quejas del pobre general.