Rojo y blanco
Rojo y blanco —En esta maldita ciudad, la juventud es republicana, y la nobleza bien unida y devota. El señor Gauthier, redactor del periódico liberal y jefe de los republicanos, es hombre decidido · y hábil. El señor Du Poirier, que es quien dirige la nobleza, es un astuto bribón de primer orden y de una ensordecedora actividad. Todo el mundo, en fin, se toma a chacota al prefecto y al general; están al margen de todo; no se les tiene en cuenta para nada. El obispo anuncia periódicamente a todos sus fieles, que nosotros caeremos antes de tres meses. Me siento encantado, señor conde, de poder poner mi responsabilidad a cubierto. Y lo peor de todo, es que si se explican estas cosas claramente al señor mariscal, éste responde que lo que nos falta es celo. Ello es cómodo para él, en el supuesto de que cambiara la dinastía…
—No siga por este camino, señor.
—Perdón, mi general, me salgo de mis deberes. Aquí, los jesuitas tratan a la nobleza como ésta trata a los criados; y en realidad, a todo aquel que no es republicano.
—¿Qué población tiene Nancy? —dijo el general, que encontraba aquella explicación excesivamente sincera.
—Dieciocho mil habitantes, sin comprender la guarnición.
—¿Cuántos republicanos hay?