Rojo y blanco
Rojo y blanco —Republicanos verdaderamente conocidos, treinta y seis.
—Son pues, el dos por mil; y de entre ellos, ¿cuántos hay que sean inteligentes?
—Uno solo. Gauthier, el agrimensor, redactor del periódico L’Aurore; es un hombre pobre, que se honra con su pobreza.
—¿Y ustedes no pueden dominar a treinta y cinco infelices y poner a buen recaudo al inteligente?
—En primer lugar, mi general, es de buen tono, entre todas las personas de la nobleza, el ser devoto; pero está de moda, entre aquellos que no lo son, el imitar a los republicanos en todas sus locuras. Hay este «Café Montor» en el que se reúnen los jóvenes de la oposición; es un verdadero club como los del 93; si cuatro o cinco soldados pasan por delante de dichos señores, gritan: «¡Viva la tropa!», a media voz; si aparece un suboficial, le saludan, le hablan, quieren invitarle. Si, por el contrario, se trata de un oficial al servicio del Gobierno, de mÃ, por ejemplo, tengo que recibir toda clase de insultos indirectos. Precisamente el domingo último, pasaba yo por delante del «Café Montor»; y todos me volvieron la espalda a la vez, como soldados en la parada; sentà la violenta tentación de largarles un puntapié allà donde usted puede suponer.