Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquella pareja formaba un grotesco contraste. Sanréal, aunque bastante joven, era enorme, muy colorado, no alcanzaba los cinco pies de estatura y lucía enormes patillas de un rubio casi rojo. Ludwig Roller, alto y delgado, pálido y de mal aspecto, tenía el aire de un monje mendicante que ha incurrido en el disfavor de su superior. Encima de una estatura de cinco pies diez pulgadas por lo menos, tenía una cabeza pequeña y pálida, recubierta de cabellos negros que le caían sobre las orejas en forma de corona, como los de un monje; sus facciones delgadas e inmóviles rodeaban unos ojos apagados e insignificantes; un traje negro, raído y que le venía estrecho, terminaba el contraste entre el ex teniente de coraceros, para quien el sueldo constituía una fortuna, y el feliz de Sanréal, que desde hacía muchos años no podía abrocharse el traje, y que gozaba de una renta de cuarenta mil libras por lo menos. Con la ayuda de esta fortuna pasaba por ser muy valiente, ya que llevaba espuelas de acero largas de tres pulgadas, no podía pronunciar tres palabras seguidas sin jurar y no hablaba mucho rato sin embarcarse en alguna historia de desafíos que hacían poner los pelos de punta. Era, pues, muy valiente, aunque jamás se había batido con nadie, aparentemente, a causa del temor que inspiraba. Por otra parte, poseía la habilidad de lanzar a los hermanos Roller sobre las personas que no le gustaban.