Rojo y blanco
Rojo y blanco Desde las Jornadas de Julio, seguidas de su dimisión, los señores Roller se aburrían mucho más que antes. Poseían un caballo para los tres, y no salían con mucho placer de su apatía más que para batirse en desafío, lo cual hacían muy bien y constituía la base de su reputación.
Como no era más que mediodía cuando el coche de Leuwen hizo temblar el pavimento bajo los pies del enorme Sanréal, éste no había entrado todavía en ningún café ni se encontraba medio ebrio. Animado por Ludwig Roller, se divertía pellizcando el mentón de las jóvenes campesinas que pasaban por su lado. Daba golpes de fusta sobre los toldos colocados encima de las puertas de los cafés y a las sillas alineadas debajo de aquéllos; deshojaba también las ramas de los tilos del paseo público que colgaban demasiado bajas.
El paso rápido del tílburi le sacó de aquellos amables pensamientos.
—¿Es que ha querido provocarnos? —dijo a Ludwig Roller, mirándole con una seriedad de perdonavidas.