Rojo y blanco
Rojo y blanco —Escucha —replicó i el conde Ludwig palideciendo—, este fatuo es bastante educado, y no creo que haya querido ofendemos con su tÃlburi, pero no por ello le detesto menos, y más aún a causa de su educación. Acaba de salir de casa de los Pontlevé; pretende quitarnos suavemente y sin hacernos enfadar la más hermosa mujer de Nancy y la más rica heredera, por lo menos dentro de la clase en la cual tú y yo podemos escoger una esposa… y esto —añadió Roller con tono firme— yo no lo consiento.
—¿Dices verdad? —preguntó Sanréal, encantado.
—En cosas como ésta, querido mÃo —replicó Roller con tono seco y amoscado—, debes saber que yo no digo nada que sea falso.
—¿Es que vas a hacerme frases a mÃ? —respondió Sanréal con aire de espadachÃn—. Tú y yo nos conocemos perfectamente. Lo esencial es que él no se nos escape; el muy zorro ha salido muy bien de dos duelos que ha tenido en su regimiento…
—¡Duelos a espada! ¡Vaya cosa! Tuvieron que aplicar un par de sanguijuelas en la herida que le hizo al capitán Robé. Pero conmigo, ¡vive Dios!, que será un duelo con todas las de la ley, a pistola y a diez pasos de distancia; y si él no me mata, ya te aseguro yo que le serán necesarias más de dos sanguijuelas.