Rojo y blanco

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El caballo del lancero que marchaba a la derecha de Luciano se encabritó, cubriendo con aquella agua negra y maloliente el caballo que el teniente coronel le habla hecho entregar. Nuestro héroe se dio cuenta de que aquel pequeño accidente era motivo de gran alegría para todos aquellos de sus nuevos camaradas que estaban a distancia suficiente para haberlo visto. La observación de aquellas sonrisas que querían ser desdeñosas, hizo que se cortara la imaginación de Luciano.

—Antes que nada —se dijo—, debo recordar que esto no es un vivac; que no hay ningún enemigo a un cuarto de legua de aquí; y que, además, todo aquel que tiene menos de cuarenta años, de entre estos señores, ha visto tantos enemigos como yo. Así pues, son costumbres mezquinas, hijas del aburrimiento. No son éstos los jóvenes oficiales llenos de bravura y alegría que pueden verse en el Gimnasio; éstos no son más que unes pobres aburridos que no se toman la molestia de disimular la diversión que yo pueda proporcionarles; se portarán mal conmigo hasta que haya tenido algún desafío con ellos, y mejor será que lo prepare en seguida, para así poder llegar lo antes posible a conseguir estar tranquilo. Pero este gordo teniente coronel, ¿querrá ser mi testigo? Lo dudo mucho, pues su grado se lo impedirá; debe dar ejemplo de orden y disciplina… ¿Dónde podré encontrar un testigo?


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