Rojo y blanco

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Luciano levantó los ojos y vio una gran casa, menos mezquina que aquéllas por delante de las cuales el regimiento había desfilado; en medio de una gran pared blanca, había una ventana con una persiana pintada de color verde loro. ¡Qué gusto tienen estos pobres provincianos por los colores chulones!

Luciano se complacía en aquella idea poco amable, cuando vio que la persiana color verde loro se entreabría un poco; se asomó a ella una joven rubia de cabellos magníficos y aire desdeñoso; seguramente deseaba ver desfilar al regimiento. Todos los tristes pensamientos de Luciano desaparecieron en cuanto apareció aquel hermoso rostro; su alma se sintió reanimada. Las paredes desconchadas y sucias de las casas de Nancy, el barro negro, el espíritu lleno de envidia y celoso de sus camaradas, los duelos que creía necesarios, el infame pavimento sobre el cual resbalaba el rocín que le habían dado, todo desapareció. Un obstáculo bajo un arco, al final de la calle, había forzado al regimiento a detenerse. La joven cerró el postigo y miró, medio escondida tras el visillo de muselina bordada de su ventana. Podía tener veinticuatro o veinticinco años de edad. Luciano encontró en sus ojos una expresión singular; ¿era ironía, odio, o simplemente juventud y una cierta predisposición a divertirse por cualquier motivo?


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