Rojo y blanco
Rojo y blanco El segundo escuadrón, del cual formaba parte Luciano, reanudó súbitamente la marcha; Luciano, con los ojos fijos en la ventana verde loro, dio un espolonazo a su caballo que resbaló, cayó, y lo tiró al suelo.
Levantarse, aplicar un gran golpe con la vaina de su sable al caballo, y saltar nuevamente1 sobre la silla fue, a decir verdad, asunto de un instante; pero el estallido de risas fue general. Luciano pudo observar que la dama de los cabellos de un rubio ceniza, seguía sonriendo, cuando él hubo vuelto a montar. Los oficiales del regimiento reían, pero ex profeso, como un miembro de los partidos del centro, en la Cámara de los diputados, cuando se hace a los ministros alguna acusación bien fundamentada.
—A pesar de esto, es un buen jinete —dijo un viejo sargento de bigotes canos.
—Jamás este jamelgo ha sido mejor montado —comentó un lancero.
Luciano estaba rojo de ira, aunque afectaba tranquilidad.
En cuanto el regimiento hubo llegado al cuartel y nombrado el servicio, Luciano corrió a la posta de caballos, al trote largo de su rocín.