Rojo y blanco
Rojo y blanco —Señor —dijo al maestre de postas—, soy, como puede ver, un oficial y carezco de caballo. Este jamelgo me lo han prestado en el regimiento, y tal vez para burlarse de mÃ, me ha tirado al suelo, como usted habrá podido ver —y lanzó una mirada, sonrojándose, a los restos de barro que, habiéndose ya secado, manchaban su uniforme por encima del brazo izquierdo—. En una palabra, señor, ¿tiene usted en la ciudad un caballo pasable, para vender? Lo necesito inmediatamente.
—Caramba, señor, he aquà una buena ocasión para meterse dentro. Pero es cosa que yo no haré —dijo el señor Bouchard, maestre de postas.
Era un hombre lleno, de aspecto importante, cara irónica y ojos escrutadores; mientras hablaba, miraba a aquel joven elegante, para estimar cuántos luises podrÃa cargar sobre el precio del caballo que le vendiera.
—Es usted oficial de caballerÃa, señor, y sin duda conoce los caballos.
Como Luciano no replicara a aquella broma, el maestre de postas creyó poder añadir:
—Me permito preguntarle: ¿Ha estado usted en la guerra?
Ante aquella pregunta que podÃa ser considerada como un cumplido, la fisonomÃa abierta de Luciano cambió instantáneamente.