Rojo y blanco
Rojo y blanco Cerrada la puerta detrás de los visitantes, Du Poirier estalló en carcajadas. .Había estado hablando durante cuarenta minutos, tuvo éxito, y se burlaba decididamente de quienes le escuchaban. Para un tunante semejante, aquello constituían tres placeres insuperables.
«He aquí una veintena de votos a mi favor, si desde hoy hasta el día de las elecciones no se les sube la mosca a la nariz a esta recua de animales, a propósito de algo que haga o diga; esto puede tener importancia. Me llegan noticias de todas partes de que el señor de Vassigny no cuenta con más de veinte votos seguros, y habrá unos trescientos electores; lo más puro que existe en nuestro santo partido, le reprocha el juramento que debería prestar al ingresar en la Cámara, él, servidor de Enrique V. En cambio yo, soy un plebeyo, lo cual constituye tina ventaja. Vivo en un tercer piso, no poseo ningún coche. Los amigos del señor de Lafayette y de la Revolución de Julio, en igualdad de circunstancias, deben forzosamente preferirme a mí y no al señor de Vassigny, primo del emperador de Alemania, que tiene en el bolsillo el nombramiento de gentilhombre de cámara… si es que alguna vez existe una cámara del rey… Puedo jurar, si llega la ocasión, ser liberal, como ha hecho Dupont de l’Eure, hombre honrado del partido, ahora que han enterrado al señor de Lafayette».