Rojo y blanco
Rojo y blanco Otro jefe de partido, tan honesto como poco lo era el señor Du Poirier, pero mucho más loco, ya que se agitaba sin la menor intención de enriquecerse, el señor Gauthier, el republicano, había quedado francamente sorprendido, y más aún, sobrecogido, por la marcha de Luciano.
«¡No haberme dicho nada a mí, que tanto afecto le tenía! ¡Ah, almas parisinas, infinita educación y ningún sentimiento! ¡Le creía diferente de los demás, creía ver en el fondo de su alma algo de calor, de entusiasmo!…».
Los mismos sentimientos, pero llevados hasta un muy diferente grado de intensidad, agitaban el corazón de la señora de Chasteller.
«… ¡No haberme escrito, a mí, a quien él juraba amarme tanto, a mí, en quien él, ay, podía ver mi debilidad!».
Aquella idea era para ella demasiado horrible; la señora de Chasteller terminó por convencerse de que la carta de Luciano había sido interceptada.
«¿Es que recibo contestación de la señora de Constantin?, se decía, y no obstante, le he escrito por lo menos seis veces desde que caí enferma».