Rojo y blanco
Rojo y blanco El lector ya sabe que la señora Cunier, encargada de la oficina de correos de Nancy, pensaba bien. En cuanto el señor marqués de Pontlevé vio a su hija enferma e imposibilitada de salir a la calle, se encaminó a ver a la señora Cunier, devota de tres pies y medio de estatura. Después de las primeras frases de cumplido, le dijo con unción:
—Me consta que es usted una excelente cristiana, señora, y lo bastante buena realista para no tener una idea exacta de lo que se debe a la autoridad del rey (id est Carlos X) y a la de los comisionados nombrados por él, durante su ausencia. Van a tener lugar unas elecciones, lo que será un acontecimiento decisivo. La prudencia obliga, en verdad, a tomar algunas precauciones; pero existe el derecho, señora: Praga, antes que nada. Y no olvide que se lleva un registro escrupuloso de todos los servicios rendidos a la causa y…, señora, forma parte de mis posibles deberes informarle de que todo cuanto no se haga en nuestro favor, puede ser considerado como contrario a nuestras ideas. Etc., etc.