Rojo y blanco
Rojo y blanco Como consecuencia de este diálogo entre aquellos dos graves personajes, de una extensión y de una prudencia infinitas, y de un enorme aburrimiento para el lector si debiera ser reseñado en detalle (ya que hoy, después de cuarenta años de comedia, ¿qué no puede suceder en una conversación entre un viejo marqués egoÃsta y una devota de profesión?), se llegó a la aprobación de los siguientes artÃculos:
1.° Ninguna de las cartas dirigidas o remitidas por el señor prefecto, por el teniente de la GendarmerÃa, etc., serÃa entregada al señor marqués. La señora Cunier le mostrarÃa únicamente, sin entregárselas, las cartas escritas por el gran vicario señor Rey, por el abate señor Olive, etcétera.
Toda la conversación del señor de Pontlevé habÃa sido llevada en el sentido de insistir sobre los extremos de aquel primer artÃculo. Cediendo, consiguió un completo triunfo en cuanto al segundo.
2.º Todas las cartas dirigidas a la señora de Chasteller serÃan entregadas al señor marqués, el cual se encargarÃa de llevárselas a su hija, que seguÃa en cama a causa de su enfermedad.
3.º Todas las cartas escritas por la señora de Chasteller, serÃan enseñadas al señor marqués.