Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Ay, amiga mÃa!, existe un hombre que debe creer que yo le amo, y —añadió bajando la cabeza—, no está equivocado.
—¡Estás loca! —exclamó la señora de Constantin riendo—. Verdaderamente, si te dejo que sigas en Nancy durante uno o dos años, vas a terminar por adoptar las mismas maneras de sentir que una religiosa. ¿Dónde está el mal, ¡gran Dios!, en que una joven viuda de veinticuatro años, que no tiene otro apoyo en este mundo que un padre de setenta, el cual, por un exceso de ternura, intercepta todas sus cartas, piense en escoger marido, en conseguir un apoyo, un sostén en la vida?…
—¡Ay!, no son éstas demasiado buenas razones; mentirÃa si aceptara tus alabanzas. Da la casualidad de que es rico y bien nacido, pero hubiera sido lo mismo si se tratara del hijo de un granjero.
La señora de Constantin exigió una narración coherente; nada despertaba más su interés que las historias de amor sinceras, y sentÃa una apasionada amistad hacia la señora de Chasteller.
—Empezó cayendo dos veces del caballo, ante mi ventana…
La señora de Constantin fue asaltada por un frenético acceso de risa y la de Chasteller se escandalizó por ello. Finalmente, con los ojos llenos de lágrimas, la señora de Constantin pudo articular, interrumpiéndose veinte veces: