Rojo y blanco
Rojo y blanco —Asà pues, mi querida Bathilde… no puedes aplicar… a este magnÃfico triunfador… el calificativo obligado de provincias: ¡es un excelente caballero!
La injusticia que creÃa cometerse con Luciano, no hizo más que redoblar el interés con el cual la señora de Chasteller explicó a su amiga todo lo sucedido durante los seis últimos meses. Pero la parte tierna de la explicación no impresionó demasiado a la señora de Constantin: no creÃa demasiado en las grandes pasiones. Sin embargo, hacia el final de la explicación, que fue muy extensa, quedó pensativa. Una vez terminada guardó silencio.
—Tu señor Leuwen —dijo finalmente a su amiga—, ¿es un don Juan terrible para nosotras, pobres mujeres, o es un muchacho sin experiencia? Su conducta no tiene nada de natural.
—Di más bien que no tiene nada de corriente, nada de previsto por anticipado —continuó la señora de Chasteller con una vivacidad muy rara en ella.
Luego añadió con una especie de entusiasmo:
—Precisamente por esto es por lo que le amo tanto. No es como los personajes que aparecen en las novelas.
La discusión entre las dos amigas sobre aquel punto fue interminable. La señora de Constantin se reservó su desconfianza, aumentada por el profundo interés que, con gran pesar, estaba descubriendo en su amiga.