Rojo y blanco

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Esta señora había esperado encontrarse ante un ligero amor, de acuerdo con las conveniencias sociales, que condujera a un matrimonio siempre que las circunstancias fueran favorables; y que en todo caso, un viaje a Italia o las distracciones de un invierno pasado en París, podían destruir los restos de los estragos producidos por tres meses de visitas diarias. En lugar de esto, aquella mujer dulce, tímida e indolente, a la que nada parecía poder emocionar, se hallaba completamente enajenada y dispuesta a cualquier cosa.

—Mi corazón me dice —murmuraba de vez en cuando la señora de Chasteller—, que él me ha abandonado cobardemente. ¡Ni me ha escrito!

—Pero las cartas que yo te he escrito, ni una sola ha llegado a tus manos —replicaba con calor la señora de Constantin.

Esta mujer poseía una muy rara cualidad en aquel siglo: no empleaba nunca mala fe al hablar con su amiga, incluso cuando se trataba de su bien; para ella, el mentir, hubiera sido como matar la amistad.

—Cómo no le ha dicho a un postillón —continuaba la señora de Chasteller con singular ardor—, a diez leguas de aquí: «Amigo mío, aquí tienes cien francos, ve personalmente a entregar esta carta a la señora de Chasteller, a Nancy, calle de la Pompe. Entrégasela a ella en persona y a nadie más».


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