Rojo y blanco
Rojo y blanco El tono decidido de Luciano sobre el precio de los tres mil francos y la firmeza demostrada al cortarle la palabra, entusiasmaron al antiguo suboficial.
—Andando, pues, mi teniente —contestó con todo el respeto deseable.
Se puso en marcha inmediatamente, siguiendo a pie al caballo, del cual Luciano no había bajado. Tuvieron que ir a la prefectura, que se hallaba en un rincón retirado de la ciudad, hacia los polvorines, a cinco minutos de la parte habitada; era un antiguo convento, bastante bien acondicionado por uno de los últimos prefectos del Imperio. El pabellón habitado por el prefecto estaba rodeado por un jardín inglés. Aquellos señores llegaron hasta la verja. En la planta baja, donde se encontraban las oficinas, les dirigieron hasta una puerta adornada con columnas y que conducía a un primer piso magnífico, en el cual vivía el señor Fléron. Bouchard llamó a la puerta; durante bastante tiempo quedó, sin respuesta. Finalmente, un criado muy atareado y muy elegante, se dejó ver, y les hizo entrar en un salón cuyos muebles estaban en franco desorden; verdad es que sólo era la una de la tarde. El criado repetía las frases habituales, con una medida gravedad, sobre la enorme dificultad de poder ver al señor prefecto, y Luciano estaba a punto ya de enfadarse, cuando el señor Bouchard pronunció las palabras sacramentales: