Rojo y blanco
Rojo y blanco Luciano empezó a leer en voz alta y, a pesar suyo, no pudo evitar una sonrisa.
—¿Y los agentes de cambio?
—Su profesión consiste en esperar.
—¡Y la mía leer el periódico!
El señor de Vaize estaba fuera de sí, cuando al fin, al cabo de tres horas, Luciano regresó al ministerio. Leuwen le halló en su despacho, al cual había ido más de diez veces, según le dijo más tarde el ujier hablando a media voz y con aire del más profundo respeto.
—¡Y bien, señor! —le espetó el ministro con aire arisco.
—Sin novedad —contestó el joven secretario con la más perfecta tranquilidad—. Acabo de dejar a mi padre, por orden del cual he estado esperando. No vendrá, y le ruega a usted encarecidamente que no vaya a su casa. El asunto de ayer está terminado, hoy debe ocuparse de otros.
El señor de Vaize se puso púrpura, y se apresuró a salir del despacho de su secretario.
Deslumbrado por su nueva dignidad, a la que adoraba en perspectiva desde hacía treinta años, comprobaba por primera vez que el señor Leuwen estaba también orgulloso de la posición que había sabido conquistar en el mundo.