Rojo y blanco
Rojo y blanco «Ya veo el argumento sobre el cual se basa la insolencia de este hombre —se decía el señor de Vaize paseándose a largas zancadas por su despacho—. Una orden del rey puede hacer un ministro, pero no un hombre como Leuwen. He aquí adonde llega el gobierno al no dejarnos sitio más que a uno o dos. ¿Es que ningún banquero se hubiera negado a ir a casa de Colbert si éste le llamaba?».
Después de aquella juiciosa comparación, el colérico ministro cayó en profunda meditación.
«¿No podría pasarme sin este insolente? Pero su honradez es célebre, casi tanto como su agudeza. Es un hombre de placeres, un hombre que sabe disfrutar de la vida, que desde hace veinte años se mofa de todo cuanto pueda haber de respetable en este mundo: del rey, de la religión… Es el Talleyrand de la Bolsa; son célebres en aquel ambiente sus epigramas; y desde la Revolución de Julio, este ambiente se acerca cada día más al gran mundo, al único que debería tener influencia. Las personas acaudaladas están en los sitios y empleos donde debieran estar las grandes familias del faubourg Saint-Germain… Su salón reúne a todo cuanto hay de inteligente y de valía en el mundo de los grandes negocios… y está en excelentes relaciones con todos los diplomáticos que asisten a la ópera… Villéle le consultaba».