Rojo y blanco
Rojo y blanco Ante aquel nombre, de Vaize casi se inclinó. Era hombre altivo e incluso a veces llevaba su tono de seguridad hasta un punto en que no puede calificársela de tal, pero por un raro contraste se hallaba propenso a increíbles arrebatos de timidez; por ejemplo, le hubiera sido casi imposible tener relaciones con cualquier otra casa de banca. Unía a un inconmensurable deseo de ganancias, la fantástica idea de que el público le creía de una honradez sin tacha, por el simple hecho de que sucedía en el cargo a un ladrón.
Al cabo de una larga hora de agitado paseo por su despacho, y después de haber mandado al diablo, muy enérgicamente, al ujier que le anunciaba a sus jefes de negociado e incluso a un edecán del rey, llegó a la conclusión de que utilizar a otro banquero era algo por encima de su valor. Los periódicos daban demasiado miedo a Su Excelencia. Su vanidad se doblegó ante la pereza epigramática de un hombre dado a los placeres, capituló con la vanidad.
«Después de todo, le he conocido antes de que yo fuera ministro… No comprometo en absoluto mi dignidad, sufriendo de este anciano cáustico su tono de igualdad al cual le he permitido que se fuera acostumbrando».
El señor Leuwen había previsto aquella reacción. Por la noche le dijo a su hijo: