Rojo y blanco
Rojo y blanco —Tu ministro me ha escrito una serie de gentilezas, como un enamorado a su amante. Me he visto obligado a contestarle y me pesa haberlo hecho. Yo soy como tú, no amo tanto el metal como para preocuparme demasiado. Aprende a operar en la Bolsa; nada será más sencillo para un gran geómetra como tú, alumno expulsado de la Escuela Politécnica. La estupidez del pequeño bolsista es algo infinito. Métrai, mi empleado, te dará lecciones, no de estupidez, sino del arte de maniobrar con ella. (Luciano estaba muy frÃo). Me harás un señalado servicio personal si te capacitas para actuar como intermediario entre el señor de Vaize y yo. El entrecejo de este gran administrador lucha contra la inmovilidad de mi carácter. Da vueltas a mi alrededor, pero desde nuestra última operación, no he querido dejar que obtuviera de mà más que palabras amables. Ayer por la noche, su vanidad estaba furiosa, y querÃa obligarme a hablar en serio. Fue divertido. Dentro de ocho dÃas, si no te puede ablandar, te hará la corte. Y, ¿cómo vas a recibir a un ministro, hombre de mérito, cuando te haga la corte? ¿Comprendes ahora la ventaja de tener un padre? En ParÃs es algo muy útil.
—TendrÃa demasiadas cosas que decir sobre este último tema, y a ti no te gustan los provincianos tiernos.