Rojo y blanco

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—Señor —dijo finalmente, mirando la bata de estar por casa, única en su género, con la cual se cubría el joven prefecto—, me han dicho que tiene usted un caballo en venta. Desearía verlo; lo probaré durante un cuarto de hora y se lo pagaré al contado.

El digno prefecto parecía estar soñando; tenía alguna dificultad en darse cuenta del significado de la risa del joven oficial. Lo esencial, a sus ojos, era que nada ofrecía para él el más insignificante interés.

—Señor —dijo finalmente, y como decidiéndose a recitar una lección aprendida de memoria—, los graves y urgentes asuntos que me abruman, temo me hayan hecho culpable de falta de cortesía. Lamentaría mucho que haya tenido usted que esperarme demasiado rato; sería culpa exclusivamente mía.

Se confundía en medio de las mayores banalidades. Las frases almibaradas ocuparon bastante tiempo. Al ver que no terminaba, nuestro héroe, que pensaba muy poco en la reputación que pudiera merecer por su tono perfecto, se tomó la libertad de recordar el objeto de su visita.



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