Rojo y blanco
Rojo y blanco —Se trata de un animal inglés —continuó el prefecto con tono casi Ãntimo—, un buen media-sangre bien probado; lo compré a milord Lint, que vive en los alrededores de la ciudad desde hace ya muchos años; el caballo es muy conocido de todos los aficionados; pero debo declararle —añadió bajando los ojos—, que en estos momentos no está cuidado más que por un lacayo francés; voy a hacer que Perrin se ponga a sus órdenes. Piense, señor, que yo no dispenso a este animal cuidados vulgares, y que ningún otro de los que forman parte de mi servidumbre se acerca a él, etc., etc.
Después de haber dado las órdenes pertinentes en buen estilo y escuchándose mientras hablaba, el joven magistrado cruzó su bata de cachemira bordada en oro y se puso sobre la cabeza una rara especie de gorro, en forma de casco de soldado de caballerÃa ligera, y que a cada instante parecÃa iba a caérsele. Todos aquellos pequeños cuidados los realizaba lentamente y eran considerados con atención por el maestre de postas Bouchard, cuyo aire serio empezaba a trocarse en una amarga sonrisa del todo impertinente. Pero ésta otra afectación se perdió por completo. El señor prefecto, que no estaba, acostumbrado a mirar a personas como aquéllas, cuando se sintió tranquilizado sobre los detalles de su atuendo, saludó a Luciano, dirigió un semi saludo a Bouchard, sin mirarle, y volvió a sus habitaciones.