Rojo y blanco

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—¡Y decir que una mona de este calibre nos pasará revista el próximo domingo! —exclamó Bouchard—. ¿No es verdad que esto produce sudores fríos?

En su indignación contra los jóvenes, más introducidos en el mundo que los suboficiales de Montmirail, el señor Bouchard tuvo pronto otro tema de diversión. En cuanto el caballo inglés se vio fuera del establo, del que la pobre bestia salía raramente, se puso a galopar alrededor del patio y a dar los saltos más singulares; se alzaba del suelo con las cuatro patas a la vez, la cabeza levantada y como si tuviera la intención de subirse por los troncos de los plátanos que rodeaban el patio de la prefectura.

—El animal tiene maneras —dijo Bouchard acercándose a Luciano con aire irónico—; pero quizá ni el señor prefecto ni el lacayo Perrin se han atrevido a sacarle de paseo desde hace ocho días, y tal vez no sería prudente…

Luciano se sintió impresionado por la alegría contenida que brillaba en los ojillos del maestre de postas.

—Está escrito —pensó—, que por segunda vez en un mismo día tenga yo que rodar por tierra; ésta debía ser mi primera actuación en Nancy.


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