Rojo y blanco
Rojo y blanco Bouchard fue a buscar avena al establo y detuvo al caballo; Luciano pasó los mayores apuros del mundo para poderle montar y dominar. Partió al galope, pero pronto lo puso al paso. Admirado de la belleza y vigor del andar de Lara, Luciano no tuvo ningún escrúpulo en esperar al irónico maestre de postas. Lara corrió una legua larga, y reapareció en el patio de la prefectura media hora después. El lacayo estaba verdaderamente preocupado por el retraso; en cuanto al maestre de postas, estaba bien convencido de que vería regresar al caballo sin jinete. Al verle llegar montado, examinó detenidamente el uniforme de Luciano; nada indicaba se hubiese caído:
—Vamos, éste es menos torpe que los otros —se dijo Bouchard.
Luciano concluyó el trato sin desmontar; no es necesario que Nancy me vuelva a ver montado en el jamelgo fatal. Bouchard, que no tenía los mismos temores, se quedó con el caballo del regimiento. Perrin, el lacayo, acompañó a aquellos dos caballeros hasta la oficina del recaudador general, donde Luciano consiguió dinero.