Rojo y blanco

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—Vea usted, señor, como yo no me dejo tirar más que una vez al día —dijo Luciano a Bouchard en cuanto estuvieron solos—. Lo que me deja desolado es que mi caída ha tenido lugar bajo unas ventanas con persianas color verde loro, que están por allí, antes de llegar al arco… A la entrada de la ciudad, en una especie de casona.

—¡Ah!, en la calle de la Pompe —dijo Bouchard—; y, sin duda, habría una hermosa dama en la más pequeña de aquellas ventanas.

—Sí, señor, y se ha reído de mi desgracia. Es muy desagradable hacer semejante entrada en una guarnición, y más aún cuando se trata de la primera guarnición. Usted, que ha sido militar, podrá comprenderlo, señor; ¿qué es lo que van a decir de mí en el regimiento? Pero ¿quién era aquella dama?

—¿Se trata, seguramente, de una mujer de unos veinticinco o veintiséis años, de cabellos rubio ceniza, que lleva sueltos hasta la cintura?

—Y que tiene ojos notablemente hermosos, pero que expresan cierta malicia.


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