Rojo y blanco
Rojo y blanco Una tarde, hacia las cinco, al regresar de las Tullerías el ministro llamó a su despacho a Luciano. Nuestro héroe le encontró pálido como la muerte.
—He aquí un asunto, mi querido Leuwen. Se trata, para usted, de la más delicada de las misiones…
A pesar suyo, Luciano adoptó el aire altanero de intentar rechazar lo que se le iba a proponer, y el ministro se apresuró a añadir:
—… Y la más honorable.
Después de aquellas palabras, el aspecto arisco y altanero de Luciano no se dulcificó. No podía formarse una idea concreta del honor que pudiera adquirirse sirviendo por novecientos francos.
Su Excelencia continuó: