Rojo y blanco
Rojo y blanco —No ignora usted que tenemos la suerte de vivir bajo la vigilancia de cinco policÃas…, pero usted sabe las cosas como las sabe la gente y no como deben conocerse para poder obrar con seguridad. OlvÃdese pues, por favor, de todo cuanto crea usted saber. Los periódicos de la oposición, para ganar lectores, envenenan todas las cosas. Procure no confundir lo que el público cree verdadero con lo que yo le informaré, pues en caso contrario se equivocarÃa usted al actuar. No olvide, sobre todo, mi querido Leuwen, que el más vil de los truhanes tiene, a su modo, honor y vanidad. Se da cuenta del desprecio de usted y se vuelve intratable… Perdóneme por estos detalles, amigo mÃo, pero deseo vivamente que tenga usted éxito…
«¡Ah! —se dijo Luciano—, yo también tengo vanidad como un vil truhán. He aquà dos frases excesivamente claras; ¡debe estar muy emocionado!».
El ministro ya no pensó más en halagar a Luciano; se hallaba entregado por completo a su dolor. Su mirada velada se destacaba sobre sus mejillas de una palidez mortal; tenÃa el aspecto de estar sumido en el más espantoso trastorno moral. Continuó;