Rojo y blanco

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Todo esto fue dicho en un tono sencillo, pero al mismo tiempo tan varonil, que la figura moral de Luciano cambió a los ojos del ministro.

«Es un hombre, y un hombre firme —pensó éste—. ¡Tanto mejor! Tendré menos motivos para maldecir la indignante pereza de su padre. Nuestros negocios del telégrafo están enterrados para siempre, y puedo, en conciencia, cerrar la boca de éste con una prefectura. Ésta será una manera honesta de congraciarme con su padre, si hasta entonces no se muere de una indigestión, y al mismo tiempo, comprometer a su salón».

Tales reflexiones fueron hechas mucho más rápidamente de lo que pueden ser leídas.

El ministro adoptó el tono más varonil y generoso que le fue posible. La víspera había estado presenciando la tragedia de Corneille Horacio, muy bien, interpretada.

«Tengo que recordar —pensó— las entonaciones de Horacio y de Curiacio después de que Flaviano les ha anunciado su futuro combate».

Sobre lo cual, el ministro, abusando de la superioridad de su posición, empezó a pasearse por su despacho y a decirse:

Alba te ha llamado, y yo ya no te conozco.

—Yo te conozco aún, y esto es lo que me mata…

Luciano había tomado ya una determinación.


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