Rojo y blanco
Rojo y blanco Cuando Luciano no se hallaba todavía a dos leguas de Nancy, su corazón latía con tanta intensidad que llegó a incomodarle. Dejó de respirar de manera normal. Como era preciso entrar en Nancy de noche y no ser visto por nadie, se detuvo en una aldea a una legua de la ciudad. Incluso a aquella distancia, no era dueño de sus transportes; cuando oía el ruido de una carreta por los caminos, creía reconocer en él el ruido del coche de la señora de Chasteller…
—He ganado mucho dinero con tu telégrafo —dijo el señor Leuwen a su hijo—, nunca me había sido tan necesaria tu presencia.
Luciano encontró cenando en casa de su padre a su amigo Ernesto Develroy. Estaba muy cariacontecido: aquel sabio moralista que le había prometido cuatro votos para el ingreso en la Academia de Ciencias Políticas, había muerto en un balneario de Vichy, y después de haberle enterrado debidamente, Ernesto llegó a la conclusión de que había estado perdiendo cuatro meses con atenciones aburridísimas, al tiempo que ganaba un merecido ridículo.
—Hay que triunfar —decía a Leuwen—, ¡Y si nunca me hubiese dedicado a cuidar a un miembro del Instituto, me lo tomaría de muy diversa forma!…