Rojo y blanco
Rojo y blanco Luciano admiraba la manera de ser de su primo: no estuvo triste más que durante ocho dÃas; después preparó un nuevo plan y empezó de nuevo. Ernesto, en los salones, decÃa:
—Le debo algunos dÃas de infinitas lamentaciones a la memoria del docto Descors. La amistad de aquel hombre excelente y su pérdida, señalaron un hito en mi vida, pues me enseñó a morir… He podido ver al sabio en su última hora, rodeado de los consuelos del Cristianismo; es al lado del lecho de un moribundo, donde verdaderamente puede apreciarse todo el valor de la religión… Etc., etc.
Pocos dÃas después de su reingreso en el mundo, Ernesto decÃa al joven Leuwen: