Rojo y blanco

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—Pero, mi querido señor —dijo Luciano riendo—, nada tengo que objetar a que el tal abate Olive sea espía; ¡hay tantos otros que también lo son! Hábleme un poco más, se lo ruego, de esta linda mujer, de la señora de Chasteller.

—¡Ah!, ¿esta linda mujer que se rió cuando usted cayó del caballo? ¡Debe haber visto en su vida a muchos otros caer del caballo! Es viuda de uno de los generales de brigada adscritos a la persona de Carlos X, y que además era gran chambelán o ayuda de campo, o algo así; en fin, un gran señor, que después de las jornadas, ha venido aquí a morirse de miedo. Creía continuamente que el pueblo se había lanzado a la calle, como me dijo más de veinte veces; pero a pesar de esto era buen muchacho, nada insolente, sino al contrario, de carácter dulce y apacible. Cuando llegaban ciertos correos de París, deseaba que hubieran siempre preparados y reservados para él un par de caballos, y a fe, que pagaba bien. Pues, señor, debe usted saber que hay únicamente diecinueve leguas desde aquí hasta el Rhin, a campo traviesa. Era un hombre alto, delgado y pálido; sufría temores espantosos constantemente.

—¿Y su viuda? —preguntó Luciano riendo.


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