Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Ah, querido amigo, qué feliz eres, especialmente si no sientes esta gran pasión! ¡Qué partido puedes sacar de ello! Este barniz te hace, por largo tiempo, impermeable al ridÃculo.
Luciano se defendÃa lo mejor que podÃa, pero se dijo:
«Mi desdichado viaje a Nancy, lo ha descubierto todo».
Estaba muy lejos de poder adivinar que aquella gran pasión se la debÃa a su padre, quien después de su aventura con el ministro de Asuntos Exteriores, sentÃa hacia él un verdadero cariño, hasta el punto de que en beneficio suyo llegaba a ir a la Bolsa incluso los dÃas más frÃos, lo cual, desde que habÃa cumplido sesenta años, nada ni nadie podÃa obligarle a hacer.
—Terminará por creerme un mala sombra —decÃa a la señora Leuwen—, si nota que le dirijo demasiado o le hablo continuamente de sus asuntos. Debo evitar emplear con él el papel de padre, tan fastidioso para el hijo cuando aquél se aburre o le quiere con exceso.
La señora Leuwen se opuso, con todas sus fuerzas, a que se atribuyera a su hijo una gran pasión; veÃa en aquel rumor una fuente de innumerables peligros.
—Más que brillante, quisiera para él una vida tranquila.