Rojo y blanco
Rojo y blanco —No puedo, no puedo, en conciencia —respondÃa el señor Leuwen—. Es necesario que tenga una gran pasión, de lo contrario toda la seriedad que le deseas se volverÃa en contra suya, se convertirÃa en un vulgar saint-simoniano, y quién sabe si dentro de treinta años, en el fundador de una nueva religión. Lo único que puedo hacer es dejarle escoger a la bella por la cual debe sentir este serio apasionamiento. ¿Será la señora de Chasteller, la señora Grandet, la señorita Gossenn, o esta innoble Raimunda, que tiene seis mil francos de sueldo? (no mencionaba el final de su pensamiento:…y que durante el dÃa entero, se permite epigramas sobre mi persona, ya que la señorita Raimunda es mucho más inteligente que la señorita Des Bris, y la ve más a menudo).
—¡Ah, no debes ni mencionar el nombre de la señora de Chasteller! —exclamó la señora Leuwen—. Le harÃas cometer verdaderas locuras.