Rojo y blanco

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Omitiremos de sus respuestas las formas de expresión demasiado largas, e incluso resumiremos la información dada por aquellas dos señoras, que vivían en la misma casa y tenían el mismo coche, pero que no se lo decían todo una a la otra. La señora Toniel, una mujer de carácter aunque un tanto avinagrada, era la consejera de la señora Grandet en las grandes circunstancias. En cuanto a la señora de Thémines, de una dulzura infinita y muy espiritual, se la consideraba como el árbitro inapelable sobre todo cuanto convenía o no hacer; sus lentes no le permitían ver a mucha distancia, pero veía perfectamente lo que estaba cerca de ella. Nacida en la más alta sociedad, había cometido faltas que supo reparar con el tiempo, y hacía cuarenta años que no se equivocaba mucho en los juicios que pudieran emitir sobre el efecto que produciría cualquier cosa en los salones de París. Desde hacía cuatro años, su serenidad se veía turbada por dos desgracias: la aparición en la sociedad de apellidos que no debieron aparecer jamás en ella o que no debían ser nunca anunciados por los lacayos de una casa que se respetara, y ver que ya no quedaban plazas en los regimientos para todos los jóvenes de buena familia que habían sido amigos de sus nietos mientras éstos vivían, pues habían fallecido.




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