Rojo y blanco

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El señor Leuwen padre, que veía una vez por semana a la señora de Thémines, bien en su casa o en la de ella, pensó que debía aparecer ante sus ojos desempeñando seriamente el papel de padre. Llegó incluso más lejos; pensó que podía engañarla simplemente y suprimir de la historia de su hijo el nombre de la señora de Chasteller. Con las aventuras de su hijo construyó una historia sumamente divertida y después de haber entretenido a la señora de Thémines durante todo el final de una velada, terminó por confesarle las serias inquietudes que sentía con respecto a su hijo, el cual, desde hacía tres meses, tiempo en que había sido admitido en el salón de la señora Grandet, se hallaba sumido en una tristeza mortal; temía que se hubiera enamorado seriamente, lo que constituiría un serio obstáculo para los proyectos que abrigaba con respecto a su muy querido hijo. Ya que era preciso casarlo… Etc.

—Lo más curioso del caso —le dijo la señora de Thémines—, es que desde su regreso de Inglaterra, la señora Grandet ha cambiado mucho; también ella parece estar triste.

Sin embargo, para seguir las cosas ordenadamente, he aquí lo que pudo saber el señor Leuwen de las señoras de Thémines y Toniel, a quienes vio primero separadamente y más tarde reunidas, y nosotros añadiremos lo que nos han dicho informaciones particulares sobre aquella célebre mujer.


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