Rojo y blanco

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La señora Grandet se veía considerada como una de las mujeres más hermosas de París y, por lo motos, podía citársela entre las seis más bellas. Lo que destacaba sobre todo en ella era su figura alta y delgada, flexible, encantadora. Tenía los más lindos cabellos rubios del mundo, como el de las jóvenes venecianas de Paolo Veronese. Sus facciones eran hermosas, pero no distinguidas. En cuanto a su corazón, era todo lo contrario de lo que se supone debe ser un corazón italiano. El suyo era perfectamente ajeno a todo esto que se llaman emociones tiernas y entusiasmo, pero se pasaba la vida representando dichos sentimientos. Luciano la había oído lamentarse de los infortunios de algún sacerdote misionero en China, o sobre la miseria de alguna familia perteneciente, en su provincia, a todo cuanto pueda haber de mejor. Pero en el fondo del corazón de la señora Grandet nada le parecía ridículo, bajo, en una palabra, burgués, tanto como sentirse enternecida. Veía en ello la señal más cierta de un alma débil. Leía muy a menudo las Memorias del cardenal de Retz: tenían para ella el encanto que vanamente buscaba en las novelas. El papel desempeñado en la política por las señoras de Longueville y de Chevreuse, eran para ella lo que son las aventuras amorosas para una joven de dieciocho años.

«¡Qué posiciones tan admirables —se decía la señora Grandet—, si hubieran podido evitar los errores de conducta que padecieron!».


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