Rojo y blanco
Rojo y blanco El mismo amor, en lo más real que pueda tener, no le parecía distinto a un trabajo forzado y, en todo caso, aburrido. Tal vez era debido a aquella tranquilidad de espíritu, su extraordinario frescor, aquel color admirable de su tez, que la hacía comparable a las más hermosas alemanas, y un aire de fiesta y de juventud que era una verdadera delicia para los ojos. Gustaba que la vieran a las nueve de la mañana, al levantarse de la cama. Era en aquellos momentos cuando estaba verdaderamente incomparable; es necesario pensar en lo ridículo de la frase para resistir al placer de compararla con la aurora. Ninguna de sus rivales podía compararse con ella en lo que respecta al frescor de su piel. Así pues, su mayor felicidad consistía en prolongar hasta la madrugada los bailes que daba y hacer servir el desayuno a los bailarines al aire libre. Si alguna mujer, arrastrada por el placer de la danza se quedaba hasta aquellos momentos, se veía inmediatamente eclipsada por la hermosura de la señora Grandet; era el único momento de su existencia en que perdía de vista el mundo, y aquellas humillaciones de sus rivales eran la única cosa para las que creía que su hermosura era útil. La música, la pintura, el amor, le parecían bobadas inventadas por y para las almas de inferior condición. Pasaba la vida degustando el placer de mostrarse seria, decía, en su palco de los Bufos, ya que, añadía, los cantantes italianos no están excomulgados. Por las mañanas, pintaba acuarelas con un notable talento; aquello lo consideraba también como algo necesario para una mujer del gran mundo, exactamente como bordar, pero menos fastidioso. Una cosa ponía de manifiesto que no poseía un alma noble, y era la costumbre y casi la necesidad de compararse con todo o con todos, para conocer su verdadero valor, por ejemplo, con las señoras de las casas nobles del faubourg Saint-Germain.