Rojo y blanco
Rojo y blanco Había instado a su marido a que la acompañara a Inglaterra, únicamente para ver si había allí alguna mujer rubia que tuviera la tez más fresca que ella, y comprobar si verdaderamente sabía montar bien a caballo. En los elegantes country seats a los cuales había sido invitada, solamente había encontrado aburrimiento y ninguna sensación de miedo.
Cuando Luciano le fue presentado, acababa de regresar de Inglaterra. Su estancia en dicho país le había envenenado el sentimiento de admiración, próximo a la envidia, hacia todo lo que se refiriera a la nobleza de cuna; su alma no poseía la superioridad precisa para hallar mérito en personas que sienten poco apego por la nobleza. En Inglaterra, la señora Grandet no había sido más que una mujer del justo medio de las Jornadas de Julio, una de las más distinguidas por las mercedes de Luis-Felipe, pero a cada momento se sentía considerada como la mujer de un tendero. Sus cien mil libras de renta, que la sacaban de la vulgaridad en París, en Inglaterra no eran más que una cosa normal, y constituían, en sí mismas, una vulgaridad más. Regresaba de Inglaterra con esta gran preocupación: «Es preciso dejar de ser la mujer de un tendero y convertirme en una Montmorency».