Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquella gran cuestión fue pensada y madurada sin el menor ápice de ternura femenina, y tanto más severamente meditada, cuanto había sido siempre el escollo en el cual chocaron las mujeres que la señora Grandet más había admirado en el mundo.
«Sería olvidar unas ventajas presentes —se dijo finalmente—, el inspirar una gran pasión; pero la elección escabrosa: ¿qué no habré hecho para conseguir la amistad, la simple amistad, de un hombre de alta alcurnia? Las cualidades, la juventud, y con más razón la fortuna, no han servido para conseguir lo que me había propuesto; no he deseado nada más que una sangre sin mácula y una reputación sin tacha. Pero ningún hombre de la antigua nobleza de la Corte ha querido desempeñar este papel. ¿Cómo esperar encontrar uno que se muestre perfectamente infortunado, enamorado, en una palabra, de la mujer de un fabricante enriquecido?».
Así pensaba la señora Grandet. Tenía consigo esta poderosa fuerza: no se engañaba a sí misma; lo que no encontraban en ella era espiritualidad, inteligencia propiamente dicha. Repasaba en su pensamiento todas las gestiones e incluso todas las bajezas que había realizado. En vano cometió vilezas para poder ver más frecuentemente a hombres de alcurnia que el azar había hecho aparecer por su salón; siempre, después de dos o tres meses, aquellos señores habían ido espaciando sus visitas, hasta dejar de concurrir a sus veladas.