Rojo y blanco
Rojo y blanco Todo aquello era verdad, ¡y no era precisamente muy indicado para pretender inspirar una gran pasión!
En medio de aquellas circunstancias interiores, completamente ignoradas por el señor Leuwen padre, una mañana, la señora de Thémines fue a pasar una hora en compañÃa de su joven amiga, para intentar averiguar si su corazón estaba ocupado pensando en nuestro héroe. Después de haber reconocido y tratado hábilmente el estado de su vanidad o de su ambición, la señora de Thémines le dijo:
—Haces muy desgraciadas a algunas personas, querida mÃa, y sabes elegir.
—Estoy tan lejos de poder escoger —contestó con gran seriedad la señora Grandet—, que ignoro incluso el nombre del desventurado caballero. ¿Se trata de algún hombre distinguido?
—Lo único que le falta es la nobleza de cuna.
—¿Pueden existir realmente buenos modales sin un nacimiento preclaro? —respondió con una especie de descorazonamiento.