Rojo y blanco
Rojo y blanco —¡Cuánto placer me produce el tacto que te distingue! —exclamó la señora de Thémines—. A pesar de la vulgar adoración que se tiene por el espÃritu, por ese aguafuerte, por ese vitriolo que todo lo corroe, no admites que la espiritualidad constituya una compensación para los buenos modales. ¡Ah, verdaderamente eres de los nuestros! Pero puedes estar segura de que tu nueva vÃctima posee modales distinguidos, aunque se halla tan triste desde que viene por tu casa, que es difÃcil juzgar sobre su comportamiento, ya que es la alegrÃa de un hombre, la clase de sus bromas y la manera de decirlas, lo que realmente indica el lugar que debe ocupar en la sociedad. No obstante, ése a quien haces desdichado pertenece a una familia que le sitúa, por éste solo hecho, en un lugar destacado en el mundo.
—¡Ah, ya veo, se trata del señor Leuwen, el consejero!
—¡Y qué!, querida, ¿estás decidida a llevarle al sepulcro?
—No veo que tenga aspecto desventurado —dijo la señora Grandet—, sino aburrido.
Cambiaron aún algunas otras frases. La señora Thémines hizo derivar la conversación hacia la polÃtica y a propósito de algo, prosiguió:
—Lo más curioso de todo es que la Bolsa tiene una importancia decisiva y tu marido no asiste a sus sesiones.