Rojo y blanco
Rojo y blanco El ministro contestó a las exclamaciones de Coffe:
—Ya veo de qué se trata: desea usted alguna señal que demuestre mi favor y termine con las cartas anónimas de los supernumerarios celosos del puesto que le ha dado el señor Leuwen.
»¡Bien! —dijo a este último—, extiéndale usted una autorización, que yo firmaré, para que pueda copiar en todas las oficinas, con urgencia, los documentos que mi secretarÃa particular necesite.
En aquel momento, el ministro fue interrumpido por el anuncio de un despacho telegráfico de España. Aquel comunicado sacó rápidamente a Luciano de sus ideas sobre organización interior para lanzarle dentro de un cabriolé, en el que fue a toda prisa a la oficina de su padre y de allà a la Bolsa. Como de costumbre, se guardó mucho de entrar en ella, pero esperó las noticias de sus agentes hojeando las nuevas publicaciones en una librerÃa próxima.
Repentinamente vio a tres criados de su padre que le estaban buscando por todas partes para entregarle una nota de dos lÃneas:
«Vete corriendo a la Bolsa, entra en ella, detén todas las operaciones, déjalas sin efecto. Vende, aunque sea perdiendo y, una vez hecho, ven a verme urgentemente».