Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquella orden le extrañó mucho, pero se apresuró a cumplirla. Halló muchas dificultades, aunque finalmente pudo correr a casa de su padre.
—¡Qué!, ¿has podido anular este asunto?
—Por completo. Pero ¿por qué anularlo? Me pareció muy bueno.
—Es, con mucho, la mejor operación que se nos ha presentado desde hace bastante tiempo. Había trescientos mil francos de posibles ganancias.
—¿Por qué, pues, retirarse? —preguntó Luciano con ansiedad.
—A fe mía que no lo sé —contestó el señor Leuwen con aire cazurro—. Lo sabrás de tu ministro si tienes habilidad para interrogarle. Corre a verle, está loco de ansiedad.
El modo con que el señor Leuwen le habló, no hizo más que aumentar la curiosidad de Luciano. Corrió al ministerio y encontró al señor de Vaize que le estaba esperando, encerrado con llave en su dormitorio, que recorría a grandes pasos atormentado por una intensa agitación.
«He aquí al más tímido de los hombres», se dijo Luciano.
—¿Qué hay, amigo mío? ¿Ha conseguido usted cortar el asunto?